El Patio de la cárcel de Mariana Yampolsky

Lorena Méndez Barrios es activista feminista y artista visual.


Mariana Yampolsky, Patio de la carcel, 1994

Escribo estas líneas desde el lugar de quién ha trabajado nueve años adentro de una cárcel en la Ciudad de México. Soy feminista y mi trabajo político lo desarrollo a través del afecto. Me he podido sentar junto a presos y presas para pensar en las condiciones económicas del país y reflexionar sobre los procesos culturales que posibilitan la  reproducción de la exclusión social y la manera en como rebelarnos frente a las determinaciones del sistema. Al estar al lado de las personas que se encuentran recluidas, hemos podido sentirnos y desear la construcción de otra realidad que nos cause menos malestar.

En la Ciudad de México hay siete cárceles de hombres, dos cárceles para mujeres, tres cárceles para adolescentes hombres y una cárcel para adolescentes mujeres. Las cárceles están sobrepobladas, las condiciones de vida son bastante complejas, la sobrevivencia se hace posible mediante actos violentos, tienes que pisar al que está debajo de ti y esperar ser pisado por el que tienes arriba, es la ley de la cárcel.

El patio que Mariana nos muestra es un patio casi vacío, parece un lugar de provincia de la República Mexicana, sólo van caminando dos presos, nada parecido a cualquiera de los patios del reclusorio norte que se encuentra en la Ciudad de México y es conocido como el RENO. Cuando entre por vez primera al RENO era de día, me impresione con la cantidad de presos que había en cada uno de los patios. Recuerdo a la multitud con los rostros agotados, con las miradas nubladas. Parecían sombras de un terrible sueño. En un patio todos los presos estaban tirados en el piso, bajo el sol, algunos dormidos, otros con los ojos abiertos. Llevaban poca ropa, sucia y rota.

En los pasillos del RENO como en la fotografía Patio de cárcel, unos van y otros vienen, algunos con dificultad porque apenas pueden caminar.  A muchos de los presos les faltan dientes, a otros les falta un brazo, una pierna o un ojo.  Son en su mayoría hombres de piel morena y rasgos indígenas.

La cárcel es un espacio que cuando es mirado por quienes viven lejos de la realidad del encierro, de la pobreza, y del abandono, resulta bastante interesante. Las tonalidades grises de los espacios de la cárcel, los cuerpos vestidos con no más de dos colores, la rutina del ir y venir como peces dentro de una pecera, la distribución de las celdas con los objetos que les permiten tener, y el acomodo de estos, siempre es material atractivo para quién con una cámara puede llevarse cualquier imagen. Las personas que se encuentran encarceladas no miran su entorno atractivo, y tampoco se miran así  mismas con una sensibilidad estética, al contrario, muchas de las veces les da pena mirarse bajo estas condiciones. Sin embargo para algunos y algunas artistas recoger imágenes de gente en condiciones difíciles o en desgracia resulta un trabajo que podríamos decir que tiene mucho de vouyerismo. El hecho de acercarte a charlar con una persona que está presa, no significa que tienes el derecho de tomar cualquier imagen.

Dentro del mercado de Arte Contemporáneo estos últimos años ha habido un interés por explotar a través de la fotografía la imagen de criminales, delincuentes, personas en situación de calle, sexo servidoras, narcotraficantes y sicarios. En el sistema artístico se ha renovado la manera de referirse a las problemáticas de grupos complejos y a su manera de nombrarlas, de acuerdo al interés por un arte político que va a ser visto muchas de las veces desde el ámbito académico universitario, no desde la reflexión de la política de todos los días, tampoco desde la experiencia y la lucha. El tema, va a ser tratado a través del discurso crítico (como lo llaman desde adentro) de unas cuantas personas entendidas que para actualizarse deciden prestar atención a un arte que lo que menos requiere es ser visto a distancia. Porque la situación de encierro, violencia y las historias de dolor que viven quienes son víctimas de la economía capitalista, no pueden entenderse desde la comodidad del universo intelectual, tampoco desde la condición de espectador adentro de un museo. Y si el interés no es incidir en un contexto donde las condiciones de inhumanidad son suficientes para no quedarnos en la observación, entonces me parece perverso seguir pensando el tema de la prisión desde los espacios del discurso y no desde las prácticas.

Estetizar la realidad de la cárcel, resignificar los signos fruto de un mundo de destrucción, significa de algún modo vaciarla de sentido, esconder la violencia que ahí se genera y las relaciones denigrantes que se viven día a día.

 


Lorena Méndez Barrios es activista feminista, artista visual, y profesora investigadora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Cofundadora de la colectiva La Lleca. Estudió la maestría en Artes Visuales en la Academia Nacional de San Carlos UNAM y el programa de Cultura Visual en la Universidad de Barcelona. Actualmente trabaja en reclusorios para adolescentes y hombres en la Ciudad de México. Curso los estudios de doctorado en Enseñanza Aprendizaje de Artes Visuales y en Arte y Representación, ambos programas en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Barcelona.

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